Climax, el delirio de los vanos

Fecha:

febrero 6, 2019

Por: César Luna

El baile es sólo el planteamiento de un estado de euforia y locura que canaliza y postra al espectador justo en el estado de aceptación e inercia que busca el director, para mostrarnos los instintos alterados a los que el ser humano es arrojado cuando en colectivo su insanidad y delirio colapsa con el de otros, creando un collage de perversiones y violencia.

Climax (Gaspar Noé, 2018), podría experimentarse de dos formas, que quizá se complementan en última instancia: en la primera, dicha inercia nos conduce a la ‘despertenencia’ de los personajes debido al estado alterado que ha causado su accidental ingesta de LSD, y con ello se hace de la película, una invitación al despojo de razonamientos y búsqueda de trama, y una rendición en caída libre a un espectáculo de desgobierno y delirio.

En una segunda lectura, más profunda si cabe el término tratándose de una película de dicho director, encontramos señalamientos sociales particulares, y es ahí donde sutil, pero inequívocamente, la película denota virtud; cuánta virtud nos podríamos preguntar…, la que queramos darle. En un primer momento, justo en el inicio hay un claro señalamiento a la tendencia de la juventud contemporánea a vanagloriar los principios occidentales que exacerban el individualismo y la búsqueda de la trascendencia por méritos propios; la danza, se nos muestra como su más profundo anhelo y medio para alcanzar el éxito personal a través de lo colectivo, siendo esto: lo colectivo, el factor más importante en la interpretación de Climax.

En la historia reciente, la dedada de los 70’s fueron el punto en el que el hombre comenzó a mirar hacia adentro. Después de vivir la ‘modernidad’ -que se alargó por más de un siglo, y que tendría como resultado la estructuración de los medios y modos de producción que terminaron por alienar a la sociedad en efectivos pero caducos sistemas de orden que terminaron por colapsar-, el individuo volteó hacia sí mismo, hastiado de reglas que lo amarraban a una vida previsible y aburrida; el sistema económico sufrió cambios y la era digital definió al protagonismo y la confianza exacerbada en uno mismo, como la nueva visión que nos conduciría al progreso de la mano de individuos excepcionales, visionarios respetuosos del entorno, pero ambiciosos de poder en aras de la libertad y la vanguardia. Poco a poco, este estereotipo se convirtió en el modelo de muchos, y la desgracia de los mismos. Los que idolatran, terminan creando en sí mismos copias baratas de lo que adoran, y con ello viene su descomposición y lo vano.

En este contexto, la película confiere ese grado de crítica social que subyace en la trama. Un grupo de jóvenes que si bien preocupados por su realidad, son ingenuos de su entorno. El hecho de que la droga que ingieren sea LSD, está cargado de simbolismo. Una droga que históricamente se asocia a crímenes de la postguerra, al llamado programa MK Ultra, así como a experimentos ilegales que hicieron mella en la imagen de una institución estadounidense insignia como la CIA; pero también su asociación con un despertar de consciencia, con una época de activismo y paz, con una libertad de pensamiento y lucha por los derechos humanos. Así, siendo este ácido el causante de tanta atrocidad en Climax, es ironía pura. La fortuna de unos es la desgracia de otros dice el refrán; los desgraciados en Climax son los vanos en descomposición de nuestra época, pero no por ser fatuos per se, sino por idolatrar lo vano y el individualismo, antes de apreciar los rasgos virtuosos de lo colectivo hasta en una de las más básicas expresiones culturales, como la danza.

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