Crítica cinematográfica: Forma y futuro

Fecha:

enero 5, 2019

Por: César Luna

Sobre el panorama actual

Julio es un estudiante regular universitario de clase media. Se mueve en un circulo social bastante convencional para un chico de su edad y su condición. Acude a los mismos lugares de esparcimiento que sus compañeros, y tiene gustos y opiniones promedio en cuanto temas como la música, el deporte, la política, la sociedad, el catálogo de programas y películas en Netflix, y otras aficiones. Una de las pocas cosas que diferencian a Julio de los demás integrantes de su grupo social, es su particular pasión por el cine, Julio es un cinéfilo en el año 2019.

Para Julio, al igual que para muchos otros jóvenes de su generación, le es fácil hablar de cine, y más aún, recomendar películas. Es algo natural. Los años y el tiempo dedicado a ver películas lo han colocado, ante su circulo social más cercano, como una especie de líder de opinión en materia cinematográfica.

Sus conocidos, no dudan en preguntarle sobre sus gustos y recomendaciones sobre tal o cual película. Y Julio, en su carácter de guía, no se siente comprometido ni presionado ante cualquier emisión de un juicio de valor erróneo o en contra de los gustos ó preferencias de otras personas. En parte, porque ellos saben que Julio ha visto mucho cine y en parte, porque tienen presente que Julio no vive de hacer estos juicios de valor y que cualquier opinión que él sostenga, es una percepción meramente personal, y por ende carece de línea editorial. La opinión de Julio no determina que las personas a su alrededor definan un gusto similar al de él. Y eso lo saben ambas partes. Sin embargo, para el pequeño grupo social en el que se desenvuelve, su juicio cuenta.

La “crítica” que hacen hoy jóvenes como Julio en sus círculos sociales carece de argumentos sólidos, carece de métodos académicos y de investigación, incluso podríamos decir que reniega de la seriedad y rigor de la crítica cinematográfica como institución (aunque nunca la haya consumido), pero tiene algo que la vieja crítica durante mucho tiempo no tuvo, una libertad y solidaridad plena.

François Truffaut dijo, “Ningún niño francés a soñado nunca en convertirse en crítico de cine”. Esto aún hoy es cierto, pero por diferentes razones. Truffaut mencionó esto con conciencia plena de que la crítica de cine, en su contexto histórico, no significaba nada para un infante. La labor de un crítico era un emblema que aquel que decidiese llevarlo puesto, era porque había entendido el carácter de seriedad y compromiso social que dicho oficio condicionaba. Por lo que el crítico de cine fungía no solo como un líder de opinión, sino como un analista especializado y respetado dentro del mundo cinematográfico.

Las palabras de Truffaut aplicadas al contexto actual funcionarían de forma diferente. En la actualidad un niño no sueña con convertirse en crítico de cine, no necesariamente porque no entienda la labor de este personaje, sino porque no entra en el esquema de un oficio remunerado, y esto es en parte, porque hoy no se necesita mucho para hablar con un ápice de autoridad en el tema y convertirse como Julio, en un guía cinematográfico.

Los porqués son muchos, y en una primera instancia podríamos destacar que la labor de personajes como Julio, ha sido malentendida. Ser un líder de opinión en el aspecto cinematográfico (como en cualquier otro aspecto) no necesariamente tiene que ver con la labor de un crítico de cine, que tiene entre otras funciones, la de fungir como intermediario, y en otras ocasiones, como Fereydoun Hoveyda menciona, como parte complementaria (en un tercer paso) de la experiencia cinematográfica.

La inmediatez y la accesibilidad al cine, han reformado los procesos de la crítica. Son estos procesos los que nos hacen dividir a la crítica actual en dos grandes rubros, la crítica con un fin promocional o comercial, y por otro lado la crítica con un fin social y artístico. Los aspectos y frivolidades por los cuales estos dos tipos de crítica se han separado, responden al contexto en el que hoy el cine se nos presenta, y que obviaremos tanto como podemos obviar la selección en cartelera, de un ciudadano promedio cuando asiste a la sala cinematográfica. Independientemente de que Julio recomiende ver o no una película, dicha recomendación permanecerá permeada por la mediatización de la misma.

En este sentido la función de la crítica debe renovarse y encontrar un camino más acorde a los nuevos tiempos.

En vías de una crítica más pragmática

“Entre todos nosotros existe algo en común, y no me refiero al amor por el cine, que se presupone, sino que bajo cada una de nuestras opiniones late, vigilante, el rechazo de no reducir jamás el cine a lo que expresa”. – André Bazin

Se ha hablado mucho sobre el sentido del cine. Desde Einsestein, la importancia de ahondar en temas pertinentes meramente a la obra y a su relación forma-contenido han quedado como una clara, pero no siempre aplicada, forma de acercamiento a la crítica cinematográfica.

La nueva crítica debe promover una innovación a nuevas técnicas, vanguardia, análisis semiótico, y así, encontrar su grado epistemológico. Pero le es imposible contar con tal grado de compromiso y renovación, si los que hablan sobre cine desconocen su lenguaje, sus estructuras y su representación.

El propio cine, al igual que la crítica, ha sufrido una evolución estructural y narrativa a poco más de cien años de su surgimiento. Las nuevas técnicas, procesos de producción y montaje nos proponen una forma más compleja que va de la mano con nuestra percepción natural de estructurar la realidad. Se ha dejado de lado la concepción y evolución de esta estructura narrativa propia del cine, entre otras razones, porque forma parte de la percepción automática del espectador frente a la obra. Pero es esta misma falta de atención lo que ha causado entre otras cosas, tener que enfrentarnos con películas cada vez más cercanas a un manual de uso de propietario, que a una invitación a la reflexión de la estética y a la semiótica de las imágenes y por ende, a su lenguaje único.

Del estilo

“Cuando Renoir va a la India, no rueda una película india, hace una película de Renoir”.  – Hoveyda

Hablar del estilo de una obra cinematográfica entonces, se convierte en algo inmenso y que da propósito a la propia crítica. Renovar el ¿qué? por un ¿cómo?, ayudaría a desvelar el sentido de la obra, y así renovar el sentido de la crítica.

No se trata de alejar a los cinéfilos que encuentran en el mensaje y en la paráfrasis del contenido, el sentido del cine, y así dar al traste con la tradición del cine como entretenimiento y evocador de ideologías. Se trata de hacer justicia a la representación del cine mismo y a su puesta en escena, del carácter genealógico de su apreciación, y así, abrir las puertas a un cine más comprometido y propositivo.

Las redes sociales, las paginas de internet plagadas de contenido multimedia, los blogs y las nuevas tecnologías, hacen posible una comunicación cada vez más cercana al lenguaje cinematográfico. Ya no es sorpresa que con mayor frecuencia nuevos directores, sin ningún grado de especialización o estudios en cine, aparezcan con una obra muy cercana a los estándares de calidad de las grandes producciones. El lenguaje cinematográfico se ha transportado a otros medios y formas, como las series de tv, los spots publicitarios, los géneros periodísticos; es algo con lo que convivimos diariamente, nos llega por todos los frentes. Debido a ello, los nuevas formas del lenguaje audiovisual merecen ser discutidos y llevados a debate, porque es en la medida en la que la crítica documente, hable y atienda estas representaciones, lo que nos permitirá acercar al espectador con el sentido del autor frente a la obra, y así entender las corrientes que lo llevan a crear. Ya lo decía Sartre: “No se es escritor porque se ha escogido decir ciertas cosas, sino por haber elegido decirlas de una manera determinada.” ¿Por qué tendría que ser de otro modo en nuestro arte? – Hoveyda.

POSTS RECIENTES